1596: La leyenda del hijo de Juan de Herrera

Por José Julio Ortiz y Chisvert.

Saludos a todos los seguidores del blog de Daniel García Magariños, “Tinajas en la Cueva” y de su página de Facebook Historias de Cobeña.

Hoy voy a contaros una leyenda, un relato basado en unos hechos que, desde que yo era muy pequeño, siempre escuché sobrecogido, contar a mis abuelos y a mis padres.

Esta leyenda y otras la recordaremos en la paseo por la villa de Cobeña que tendrá lugar el domingo 14 de Octubre, a las 10:00 en la Plaza de la Villa, en la que recorreremos Cobeña conociendo su historia y sus tradiciones.

El suceso parece tan fantástico como real. Cuenta la tradición que de la edificación de la Iglesia de Cobeña se encargó nada menos que Juan de Herrera, el arquitecto del Monasterio de El Escorial. Narra la historia que Herrera tenía un hijo que nunca quiso ser arquitecto ya que tenía miedo a las alturas. No obstante y obligado por su padre, en la iglesia de Cobeña, este puso el globo que corona el chapitel o aguja que remata la torre, en ese momento miró hacia abajo dándole tan fuerte vértigo que le hizo precipitase al vacío estrellándose en el suelo y muriendo en la caída.

Juan_de_Herrera.jpg

Juan de Herrera, grabado de Mariano Brandi a partir de un dibujo de José Maea para la serie de los Retratos de los españoles ilustres (1791-1819). Fuente: Wikipedia.

Este relato que tantas veces escuché, permanecía escrito en un libro antiguo que mi abuela tenía antaño. Afortunadamente y aunque el libro terminó extraviado, yo pude recuperar el texto literal del suceso el cual quiero trascribir.

El libro era Cuentos campesinos, publicado por Antonio de Trueba originalmente en 1860 aunque la edición que hemos consultado es de 1865. Se puede leer en la Biblioteca Digital Hispánica, de la Biblioteca Nacional.

Antonio_Trueba

Espero que os produzca tanto interés como me lo producía a mi de pequeño:

Juan de Herrera veía ya casi terminada la iglesia de Cobeña y se complacía en contemplar su obra, unas veces a vista de pájaro, es decir, desde el cerro del Castillo, y otras a vista de hormiga, es decir, desde la plaza donde está edificada la iglesia.

Juan de Herrera tenía un hijo que valía un tesoro en punto a teoría, pero que no valía un comino en punto a práctica. En la iglesia de Cobeña, el chico emprendió un día la subida al campanario por la altísima escalera espiral, encerrada en una especie de tubo de piedra, que aún subsiste y al llegar al fin de aquel poco menos que interminable remolino se sintió mareado con tantas vueltas y revueltas. Su padre que le seguía sin que él lo supiese, le vio asomarse a una ventana que da a la plaza y echarse inmediatamente atrás, espantado del abismo a cuya orilla se hallaba.

—¡Cobarde!, ¿tienes miedo? exclamó Herrera indignado al ver que su hijo se asustaba de la altura que no asustaba a los niños de Cobeña.

El muchacho quiso defenderse de la acusación que su padre le dirigía y volvió a asomarse a la ventana, pero Herrera notó que mientras permanecía asomado cerraba los ojos, no pudiendo contemplar con serenidad el abismo sobre el cual se inclinaba.

Herrera renovó sus reconvenciones cada vez más irritado con su hijo que no puso gran empeño en defenderse.

Algunos días después se bendijo el templo, y con tal motivo el arquitecto y su hijo fueron obsequiados por el municipio con un espléndido banquete, al que asistían muchas personas notables de los pueblos comarcanos, de Alcalá y de Madrid.

Durante el banquete, Herrera quiso aprovechar la ocasión que le pareció oportuna para castigar la que él creía falta de su hijo, y refirió ante aquel lucido concurso la prueba de cobardía dada por el muchacho.

Este, lleno de vergüenza, trató de probar que no había sentido miedo al asomarse a la ventana de la torre; pero como le desmintiese su padre y nadie le creyese, exclamó herido en su amor propio:

— Padre, consentid que me someta a una gran prueba solemne y pública, y nadie habrá que se atreva a tacharme de cobarde.

— Lo consiento, hijo, contestó Herrera con alegría, porque por lo mismo que quería mucho a su hijo, no le quería falto de valor. ¿Qué prueba deseas?

— Aun falta coronar la torre con el globo y la cruz que hoy se han traído de Madrid. Permitidme subir a colocar ese coronamiento.

— ¿Tendrás valor para ello?

— Le tendré.

— Mira, hijo, que si allí te falta el valor, te faltará la vida.

— Ni el valor ni la vida me faltarán.

— Pues bien: mañana subirás a colocar sobre la torre el globo y la cruz, dijo Herrera estrechando regocijado la mano de su hijo, cuya resolución aplaudieron también cuantos estaban presentes.

La noticia de que al día siguiente se iba a verificar aquella arriesgada operación circuló por los pueblos comarcanos, y al día siguiente millares de forasteros acudieron a presenciarla. Lo mismo los campos inmediatos a Cobeña que la plaza contigua a la iglesia, estaban llenos de espectadores.

La enorme bola (la tradición que está más familiarizada con las bolas que con los globos, esferas y otras garambainas, habla sólo de una bola), la enorme bola de bronce estaba ya á la mañana siguiente al pié dél a torre sujeta con fuertes maromas que debían servir para elevarla.

— Si no tienes confianza en tu serenidad, no subas, hijo, que aún estás a tiempo para evitar un gran peligro, dijo Herrera a su hijo a la puerta del templo.

El mancebo se’ sintió nuevamente humillado con aquella advertencia que implicaba duda de su valor, y por única respuesta tomó apresuradamente la alta escalera espiral del campanario, y un momento después se le vio salir al tejado por uno de los arcos donde algunos días antes habían lijado las campanas.

Muchas de las personas que ocupaban la plaza oyeron con supersticioso terror una lúgubre campanada al pasar el joven por bajo la campana con cuyo badajo sin duda tropezó.

— ¡La campana ha tocado a muerto! repitió la multitud, y esta exclamación se oyó en seguida por todas partes. 

Herrera, sin embargo parecía tranquilo viendo desde la plaza a su hijo trepar al remate de la torre por una escalera de mano colocada en el tejado y preparar el macho que había de recibir el globo. El globo empezó a ascender y el joven necesitaba subir dos peldaños más para recibirle, pero trató de hacerlo y no se atrevió.

— ¡Mi hijo es muerto porque teme!, exclamo Herrera con terror observando a su hijo desde la plaza.

Y en efecto, a penas lo había dicho, la multitud lanzó un grito de horror viendo al mancebo vacilar y caer haciéndose pedazos contra uno de los botareles del templo.

Juan de Herrera, añade la tradición, no tuvo desde entonces, día alegre ni noche tranquila. Una noche oscura subió al cimborrio de san Lorenzo del Escorial y al dirigir la vista hacia el oriente descubrió sobre la lejana torre de la iglesia de Cobeña dos ojos centelleantes y amenazadores que se fijaban en él.

Ocho días después, al cumplirse el año de la muerte de su hijo espiró a la misma hora en que este había expirado.

Seguro que es solo parte de una novela que narra un hecho ficticio pero espero que lo hayáis disfrutado.

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Un comentario en “1596: La leyenda del hijo de Juan de Herrera

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